¿Y quién es el pastor?
Por: Fabio Serrats | Viernes 22 de Mayo de 2015

Las iglesias o congregaciones religiosas evangélicas o protestantes, como también suelen llamárseles, tienen un grave problema entre sus manos y es el de la certificación de sus ministros y de cómo validar a todo aquel, hombre o mujer, que se identifica como “pastor”, “predicador” o “evangelista”, líder de una congregación religiosa.

En las dos últimas décadas del siglo XX y en los albores de este siglo XXI que hemos visto nacer, estamos percibiendo un notable crecimiento de las comunidades cristianas no católicas o evangélicas, así como de un notable aumento de sus líderes y pastores. Pero también, amén del desarrollo de las congregaciones evangélicas tradicionales, se denota más el crecimiento de las llamadas iglesias o congregaciones “libres” o “independientes”, que a diferencia de las primeras que pertenecen a una asociación u organización concreta, la gran mayoría de veces con raíces internacionales, estas últimas son de corte local, autóctonas y por lo general no tienen mas techo o referente que la persona misma que las funda, origina o motiva.

Aquí nace el gran dilema en las iglesias llamadas “libres”, pues la gran mayoría de sus pastores se forman de manera autodidacta, empírica, sin el concurso, en la gran mayoría de los casos, de un instituto o seminario serio que los certifique, valide u ordene en consecuencia como tales. La mayoría de las veces, estos líderes religiosos buscan su validez, asociándose a otros grupos o movimientos similares y más conocidos o famosos, como varios existentes y radicados en los EEUU, especialmente en el estado de La Florida.

He tenido la oportunidad de conversar con algunos de estos líderes eclesiales, autodidactas y me dicen que “su llamado es de Dios y que el mismo Dios los mandó a realizar esta obra”. De ahí que surjan “pastores” de por vida, inamovibles, jeques de unas estructuras sin más techo que ellos mismos, y que en muchos de los casos, al desaparecer estos, quedan los bienes de esas congregaciones como patrimonio de sus familias, herencia de sus hijos, y todo esto a costa de la fe de un conglomerado de fieles que ha puesto su fe en la palabra de estos hombres.

No es menos cierto que la llamada “Doctrina o Evangelio de la Prosperidad”, -que mancilla y condena la pobreza como tal y proyecta al creyente a buscar la felicidad y bendición de Dios en la medida que dona o financia mayores cantidades de recursos a su congregación- ha motivado a que muchos hombres y mujeres, que pertenecen a congregaciones tradicionales, se sientan provocados a erigirse en liderazgo de grupos, muchas veces de esas mismas congregaciones, o de células particulares, las cuales derivan en una nueva agrupación con elementos generalmente tomados de la antigua y otros innovados por los nuevos pastores o dirigentes.

El gran problema subsiguiente se encuentra ya en saber quién es quién, pues al agruparse en asociaciones o concilios, como les llaman a sus núcleos, se corre el riesgo de “mezclar mansos con cimarrones”, y entonces tenemos a pastores debidamente ordenados, pertenecientes a congregaciones conocidas con equipos superiores sobre el ministerio de ellos, y aquellos otros que vienen “a la libre”, los autodidactas, que si bien ejercen un liderazgo en base a sus talentos personales, no tienen muchos el aval formativo y pastoral que sustenta un seminario o instituto serio y conocido y que además, no tienen sobre si a ningún elemento o estructura que les trace pautas o exija de sus pasos, más que sus propias cabezas.

Situaciones como no saber la procedencia o ejercicio de un auto proclamado “evangelista” o “ministro”, denota un pleno desconocimiento de quien y quienes ejercen y deben ejercer como tales en el mundo evangélico nacional y local, esas obligaciones.

Es muy cierto que en todas las iglesias, incluyendo a la Iglesia Católica, los escándalos han tomado partido en líderes de importancia, ministros, obispos, sacerdotes, pastores y demás, no menos cierto es, que cada una de estas instituciones han tenido que velar cada vez más y más profundo, para que sus representantes lo sean cual la dignidad de sus ministerios vocacionales, aunque siempre exista el riesgo de que el lobo se disfrace de oveja y cercene y trasquile al rebaño.

El extinto líder político del Partido Revolucionario Dominicano (PRD), José Francisco Peña Gómez, creo que ha sido el único candidato a la presidencia de la República, que en su programa de gobierno, esbozó la creación de una Secretaria o Ministerio de Cultos, dirigido a regular, mediar, controlar, la existencia, labores, vida y demás pormenores en todo lo relacionado con el elemento religioso. En diferentes países de la región, así como en Sur América, México y otros, existen organismos afines que se encargan de velar y/o fiscalizar la existencia y esencia de cada movimiento religioso, para así detectar a los grupos y sectas radicales y peligrosos que existen y pululan en todas partes, sobre todo con el grave problema que representan en esto tiempos los grupos advenedizos al Islam y otras creencias orientales.

Ojalá que en nuestro país se tome en cuenta el regular este tipo de situaciones, y de que también, los organismos representativos del mundo evangélico nacional, se preocupen más por aclarar y certificar a sus ministros, sean de la congregación que sean y se marque la diferencia entre quienes ejercen enviados por un conglomerado especifico y de aquellos que se envían a sí mismos sin ningún otro soporte o aval que sus mismas personas. Esto ayudará de por si a mucha gente que va como dijera el Maestro en Mateo 9:36, caminando errantes “como ovejas sin pastor”.


 

       

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